El argumento o paradoja del gato de Schrödinger consiste en un experimento mental que es de la siguiente forma:

Supón que tienes una caja con un gato dentro y una sustancia venenosa en un frasco, una sustancia radiactiva y un contador Geiger. Lo que ocurre es que si se produce la desintegración radiactiva de la sustancia radiactiva y el contador Geiger marca la presencia de una partícula, el frasco con el veneno se rompe y el gato muere. Estas sustancias se han dispuesto de tal manera que haya un período de tiempo en el que la probabilidad sea del 50% de que uno de los átomos de la sustancia radiactiva se desintegre. Así que ahora no tenemos forma de saber si el gato está muerto o vivo a menos que observemos en el interior de la caja del experimento, y la situación del gato depende de la desintegración radiactiva o no del átomo. Esto es algo que no se puede predecir ya que está sujeto a las probabilidades. Por consiguiente, tenemos una sustancia radiactiva que puede desintegrarse o no desintegrarse —según la mecánica cuántica— es decir, que ambas posibilidades existen de forma virtual hasta que observemos la caja y al gato que contiene y la función de onda colapse. Entonces, a partir de nuestra observación, se determinará una de las dos posibilidades. Por lo tanto, tenemos una sustancia radiactiva desintegrada y no desintegrada, una frasco con veneno roto y no roto, y un gato muerto y vivo al mismo tiempo. Lo que determina su suerte es nuestra observación y el colapso de la función de onda que depende de esta observación.

El experimento de Schrödinger muestra que hay un defecto en la interpretación de Copenhague, ya que no se puede imaginar que el gato esté vivo y muerto al mismo tiempo, como se supone en el experimento, así que el gato está vivo y muerto hasta que colapsa la función de onda por nuestra observación del sistema y se determine la situación del gato, ya sea vivo o muerto.

Continuó una larga controversia sobre esta paradoja que Schrödinger intentó demostrar en la interpretación de Copenhague.

«De modo que, al contrario del experimento imaginado de E.P.R., el experimento del gato en la caja realmente ofrece unas sugerencias paradójicas. No puede reconciliarse con la interpretación de Copenhague estricta sin aceptar la realidad de un gato vivo-muerto, y ello ha llevado a Wigner y a John Wheeler a considerar la posibilidad de que, debido a la regresión infinita de causa y efecto, el universo entero puede deber su existencia real únicamente al hecho de ser observado por seres inteligentes. La más paradójica de todas las posibilidades inherentes a la teoría cuántica es una teoría que desciende directamente de la constituida por el gato de Schrödinger y surge de lo que Wheeler llama un experimento de elección retardada»[1]

Podemos decir: que el experimento mental de Schrödinger ha puesto de relieve la excentricidad de la mecánica cuántica que hemos conocido anteriormente. Si la mecánica cuántica representa las leyes de la realidad y no hay ningún defecto aunque fuera pequeño en la interpretación de Copenhague, entonces el experimento ha puesto de relieve la excentricidad de la realidad y del universo en el que vivimos. Así pues, la conclusión a la que hemos llegado hasta ahora es que si la función de onda colapsa debido al observador o al registro del suceso cuántico por parte del observador, como está en la interpretación de Copenhague, significa que si no existiera el ser humano o el ser consciente, no habría universo. Pues la existencia del universo depende de que nosotros lo observemos; ya que el universo en conjunto es un sistema cuántico que tiene una función de onda y muchas posibilidades, y solamente existe cuando lo observamos y colapsa la función de onda y aparece en la realidad. Esta cuestión implica que nosotros, los seres humanos, o digamos, la inteligencia, representamos al eje del cual nació el universo.

«Si no hubiera sido por ti, no hubiera creado el firmamento», hadiz qudsi.


 

[1] Fuente: “Gribbin – En busca del gato de Schrödinger”, pág. 185.

 


Extracto del libro “La Ilusión del Ateísmo” de Ahmed Alhasan (a)

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